Érase una vez un tío, muy poco convincente y con cero
capacidad de decisión. Su personalidad era tan débil
que se derretía con solo nombrarla y así su vida giraba,
entorno a la de otras personas, como un satélite inerte. Sus
padres le escogieron escuela, burdel y primera esposa. Ella escogió
la casa donde vivirían, las veces que harían el amor
por semana y la escuela donde estudiaría su primer hijo. Fue
una niña, a la que su madre quiso llamar Ana. Este matrimonio
lo acabaron de carbonizar sus suegros, que decidían cuando
y donde se hacían las celebraciones. Se casó dos veces
más, y tuvo otras dos niñas, una de cada matrimonio.
Sus mujeres, testarudas, se empeñaron en llamar a sus respectivas
hijas también Ana, haciendo caso omiso a las sugerencias que
su esposo les hacía, cuando les decía que él
ya tenía hijas, que se llamaban así.
Poco importaba eso a las futuras exmujeres de Pepe, que es como se
llamaba el tío, así que tuvo tres hijas llamadas Ana.
Cuando le tocaban las tres en casa, era una complicación que
le hicieran caso; ellas decidían cuando y a qué se jugaba,
cuando se dormía y cuando se callaba. Decidían que trabajo
tendría su papá, que coche se compraría y en
que emplearía su sueldo. Cuando fueron un poco más mayorcitas,
decidieron cuando se hacían las fiestas en casa de papi, o
cuando y donde haría él sus vacaciones o cuando le tocaba
a papá irse un rato con sus amigos. Cuando así lo hacía,
se aburría muchísimo, pues siempre lo llevaban a los
mismos clubes de steapteasse que él odiaba, Luego llegaron
las excursiones del inserso y así se dejaba arrastrar sin encontrar
el momento de tomar la iniciativa en nada o de decidirse por algo.
Un día, una de sus Anas le dijo que ya le tenían escogido
un asilo, y le quitó las pastillas que tomaba para darle unas
de nuevas que le había recomendado su médico. Una vez
en el asilo, las enfermeras fueron las que se encargaron de decidir
cuando se comía, cuando se veía la tele y cuando se
dormía. Ahí todos hacían caso, así que
se sentía reconfortado de no ser el único que no decidía
nada. Un día se puso muy enfermo y decidieron llevarle a un
hospital, lo enchufaron a una máquina, y lo dejaron ahí,
durante días… Él se limito a no hacer nada, solo
a pensar… y así pasó largo tiempo, hasta que un
día, levantó su brazo izquierdo, y decidió hacer
algo por si mismo… cogió del cable que le unía
a modo de cordón umbilical a esa máquina, y tiró
de él con fuerza, la última cosa que oyó fue
aquel agudo e incesante pitido, cada vez más lejos, y más
lejos y mas lejos…. biiiiiiiiiiiiiip!
Escrito por Marta Torres