EL ZOOILÓGICO Y LAS MUJERES

“Esto era un zoo muy poco lógico, donde había toda clase de animales, pero ninguno de ellos vivía enjaulado, de esta manera eran todos una gran familia y se movían libremente por dónde querían. Cada mañana, el primero en levantarse era el gallo. El gallo era un tipo muy chulito, de esos que se llamarían “echao palante”, cuando se despertaba, enchufaba su mini estéreo y empezaba a cantar sin reparo alguno. Alzaba su voz hasta niveles estratosféricos y tanto le daba que viniera alguien a decírselo... ¡Vamos ! ¡Faltaría más! ¡Les iba de seguro a partir la cara! A veces, interrumpían su canto el búho y el murciélago, esos dos parranderos a los que les gustaba tanto salir de marcha. Se ponían al lado de su casa y empezaban a cantar imitando la voz del gallo entre carcajadas. Esto lo enojaba hasta el punto en que la cresta se le ponía en picado y entonces bajaba a la calle a plantarles cara. Pero siempre desaparecían esos mamarrachos, y nunca lograba atraparlos.

Al lado de la casa del señor gallo vivía la señora Vaca. A ella no le importunaban los cantares matutinos de su vecino, porque así aprovechaba para levantarse pronto. Era la manera que había encontrado para poder desayunar más veces. Ese era su gran delirio ¡ la comida!, y casi sufría un ataque de nervios cuando notaba que su despensa quedaba medio vacía. A su marido, el toro también le gustaba mucho comer y por eso cada día, entre los dos devoraban más de 300 kilos de alimentos. Grasos, animal, vegetal… tanto daba...¡Lo importante era llenarse el estómago y cuanto más mejor! A veces, se sentía un poco mal con su conciencia, la señora vaca, pero entonces se iba a visitar a su amiga la Foca marina, que siempre la reconfortaba. La foca marina vivía en un islote pequeño en medio al lago. A ella tambien le gustaba mucho comer, sí, pero al menos una vez al día iba a nadar un poco para sacarse esos quilos de más que le sobraban. El pez gordo era el marido de la Foca. Vivía en el lago siempre entorno a su mujer, pero la verdad es que ésta lo perdía muchas veces de vista… Y es que el Pez Gordo no paraba nunca de organizar movidas… ahora se le veía hablando con uno, ahora con otro y trapicheando con cualquier cosa.

El esquirol desde el árbol lo veía todo y después iba comentando por la zona los extraños negocios entre Pez gordo y el Camello… ¡Ay, el camello! Este si que tenía una vida atrajeada, tantos amigos, tantos contactos; claro está que el mejor de todos era el Pez Gordo, y por eso era el único a quien visitaba. El camello era un tipo listo, y con los años se las había arreglado para que él no tuviera que moverse de casa y fueran los demás los que llamaran a su puerta. Un suyo visitador habitual era el señor caballo. Éste llamaba siempre a horas intempestivas, y siempre la encontraba abierta. El caballo iba muy a su rollo y casi nunca salía de casa. Solo lo hacía cuando quedaba con sus amigos. Uno de ellos era la cabra, aquella loca que siempre entraba en casa contando alguna de sus historias descabelladas que te hacían partir de la risa; el otro era el mono… ¡Que amigo más pesao el mono!! Estaba siempre inquieto, siempre nervioso, siempre dando la paliza; por eso, cuando salían de marchita la cabra, el caballo y el camello, nunca lo invitaban. ¡Que noches locas que se había pasado con sus amigos! Cuando se reunían iban a la taberna del mariposón, una mariposa enorme que nunca había salido de la barra del bar. Cuando era pequeño, su mama mariposa abandonó a un capullo en ese bar, y desde entonces, ahí había nacido y ahí había crecido, y ahora se encargaba de llevar el negocio. Era un tipo fuerte, pero con gestos muy bailarines. Podía mover todas sus patas a la vez, cada una con un gesto distinto y con los años había perfeccionado una eficaz persuasión para mantener a su clientela dentro de la taberna. Mariposón tenía una amiguita, se llamaba Mariquita. Ésta había llegado a aquel lugar huyendo de no sé que cosa y por aquel entonces se presentaba como José Luis. Con el pasar de los años José Luis cambió aspecto. Se la veía con colores más vivos, su aspecto escuálido se había convertido en prominentes curvas, sus gestos comenzaron a parecerse a los de Mariposa y así fue como quiso cambiar nombre y bautizarse Mariquita; y con ese nombre la conocían todos.

Cerca de la taberna estaba el segundo lugar que más les gustaba frecuentar a la gente del lugar. La casa de Tigresa, Zorra y Gata. Éstas era tres amigas que vivían juntas ¡y no veas la de fiestas que se armaban allí !! Tigresa era la mayor de todas, y también la más experta. Sobretodo en cuestión de machos, que los tenía a todos en la punta de sus zarpas. Cuando alguien entraba en su habitación, después de charlar un poco, se abalanzaba sobre él salvajemente y era toda una aventura salir de ahí con vida. Solo los más valerosos lograban escapar para después ir contando sus aventuras de las noches con Tigresa. En la habitación de al lado dormía Zorra. Bueno, dormir dormía poco, porque siempre estaba acompañada. Su habitación era absolutamente la más transitada de la comarca y cuando se tomaba cinco minutos para descansar y estar a solas, llamaba a todas sus amigas para contarles sus hazañas. La gata, en cambio, era de las tres la más discreta. Ella escuchaba, aprendía y cuando alguno de los visitantes de la casa se quedaba despistado, después de analizarlo detalladamente, aprovechaba para camelarlo con voz dulce y capturarlo de improviso en su alcoba. La gata modosita, pegaba unos chillidos equiparables sólo a los del gallo, por eso muchos se incomodaban y no volvían a visitarla. Uno que siempre volvía era el loro… ¡ que personaje el loro!! No cesaba nunca de hablar, hablaba y solo hablaba. Y la gata se lo quedaba ahí mirando, por horas con cara de gato degollao, esperando alguna interrupción fortuita. Algunas veces esa interrupción era el móvil del loro, que sonaba para comunicarle que su mujer, la coneja, acababa de parir otra vez. Un poco más entretenido que el loro, era el pato. Un tipo extraño, tímido y temeroso, cuando entraba en la habitación de la gata se ponía de un tal nervioso que comenzaba a tropezar con las cosas y romper todo lo que se le ponía por delante, que patoso el tío ! A los que de verdad no soportaba la gatita eran esos dos amigos que venían siempre juntos, el cerdo y el burro, ¡con esos si que no podía! ¡Vaya pareja!....”

.... ......

Ahora he tenido que parar de escribir el cuento pues se acaba de levantar mi novia…

- Buenos días.

le he dicho levantando a penas la cabeza del teclado para no distraerme.

- Buenos días. ¿Te acuerdas de que día es hoy no? Hoy es el día que tenemos que ir a ver los regalos de la lista de boda de mis primos. Se casan de aquí tres días y aún no les hemos regalado nada, y mira que hace tres semanas que lo pienso, pero con todo este jaleo de trabajo, y casa… ¡y mira como está la casa! Ya que te preparas el desayuno podrías después pasar un trapo para recoger las migas, ¿no? ¡Mira! ¡Está todo lleno de migas! Pues yo no tengo tiempo de pasar el aspirador, hazlo tú!

Le ha salido todo esta carrerilla de palabras como en un suspiro, casi sin dejar tiempo a la respiración. Entonces el suspiro se me ha escapado a mí, seguido de la desafortunada frase:

- ¡Con lo bien que se estaba ...

Bueeenoooo, ¡lo que he ido a decir!!…. Su inmediata respuesta ha sido:

- ¿Cómo que "con lo bien que se estaba"?, ¿que quieres decir? ¿Lo bien que estabas antes de que entrara por la puerta? ¿O antes de que apareciera en tu vida?? ¡Tu de que vas! Mira, no te preocupes porque yo hago las maletas y me voy, ¿eh? Por mi ningún problema. Es más, ¡me voy! Bueno, primero voy a comprar el pan a ver si me calmo porque mira que acabar de levantarse y tener que oír esto !!! ¡Faltaría más! Ciao! ¡Y hoy los platos te tocan a ti!

Ha logrado decir esto aún más alto y más rápido que la primera vez, y su ciao se ha acompañado de un tremendo portazo.

Bueno… yo sigo escribiendo, a ver si me vienen las ideas… Buffff, como era.... no puedo…. A ver….. por donde iba….. es que me viene mi novia a la cabeza….. ¿Por qué estará siempre enfadada? Y con lo que yo me la quiero a esta tonta!!! Al final no he dicho nada de malo, solo una verdad, ¡como se estaba bien con esa tranquilidad matutina, ese silencio cuando uno se queda un ratito solo …! Bueno, da igual, ya se le pasará, yo continúo con mi tarea sino este cuento no terminará nunca…. Estábamos…. Ah! Si! En casa de la Tigresa, la Zorra y la Gata. Con el Cerdo y el Burro sin poder entrar en la habitación de la gata…

 

"al menos saben que la zorra los acogerá sin reparos.

Las tres chicas de la casa tienen una habitación alquilada a la Perra, pero ésta solo viene a temporadas…”

 

- Amoooor!

Un momento, es que llega otra vez mi novia... …

- Acabo de ir al estanco ¿y a que no sabes que ha pasado? Aquel billete de un euro que jugamos a la loto… ¡hemos ganado!!!! ¡Estoy súper contenta! ¡¡¡Nos han tocado 23 euros!!!

Con lo enfadada que estaba hace cinco minutos… como ha cambiado el cuento….- pienso ¡Será mejor así! Hablando de cuentos… voy a continuar el mío…

Le digo: - Me alegro cariño. Ahora te dejo que estoy escribiendo…

- ¿ Pero… Es que no te hace ilusión que nos hayan tocado 23 euros ? Mira he aprovechado y he ido a comprar tabaco, jamón dulce y queso. Casi me los he gastado todos ya… Que poco duran.... ¿Y tu? .Cuando es que piensas espabilar con esto de la escritura. ¿No tenías que presentar no sé que cosa a ése concurso? ¿Te pagarán algo, si ganas, no?¿ O es de esos por amor al arte ?. Bueno, te dejo escribir. Pero acuérdate que de aquí veinte minutos viene mi hermana a probarse la ropa que le tengo preparada. ¿No te importa, no?

- No no... -le respondo….

Y así es como me resigno a terminar la historia…

“Y todos los animales vivieron muuuuuuy felices, y se comieron a las Perdices!”

 

 

Escrito por Marta Torres. 7.4.06